En el distrito de Villa El Salvador, una pregunta tan incómoda como necesaria vuelve a instalarse en el debate público de cara a las elecciones de 2026: ¿por qué los peruanos elegimos mal a nuestras autoridades? La interrogante no surge de la nada, sino de una historia reciente marcada por expresidentes investigados, procesados e incluso sentenciados, entre ellos: Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Castillo y Martín Vizcarra. Este escenario revela una crisis de representación que no solo compromete a la clase política, sino también a la ciudadanía, llamada a reflexionar sobre su rol en la construcción del destino democrático del país.
Las voces recogidas en las calles coinciden en un diagnóstico preocupante: la falta de información y el peso de la desinformación. En un contexto donde las redes sociales influyen cada vez más en la opinión pública, muchos electores terminan tomando decisiones basadas en encuestas cuestionables o campañas manipuladas. La percepción de que ciertos candidatos lideran sin un respaldo real genera un efecto de arrastre que condiciona el voto. Así, la elección deja de ser un acto consciente para convertirse en una reacción frente a tendencias aparentemente mayoritarias.
Sin embargo, el problema no se limita únicamente a la información, sino también a la desconfianza generalizada hacia las propuestas políticas. Los ciudadanos expresan escepticismo frente a promesas que rara vez se cumplen, lo que deriva en una lógica de “elegir al menos malo” en lugar de apostar por un proyecto sólido. Esta resignación colectiva debilita la calidad de la democracia, pues reduce el voto a un ejercicio de supervivencia política en vez de una decisión informada y esperanzadora.
De cara al proceso electoral del 2026, se abre una nueva oportunidad para romper este ciclo. La responsabilidad recae tanto en los candidatos, que deben presentar propuestas claras y viables, como en los ciudadanos, que tienen el deber de informarse y ejercer un voto crítico. Solo así será posible aspirar a un liderazgo que responda a las verdaderas necesidades del país y reconstruya la confianza perdida. La democracia no se agota en el acto de votar; se fortalece cuando el ciudadano asume su papel con conciencia y responsabilidad.