Con casi 2.5 millones de votantes primerizos
habilitados para las elecciones generales del 2026, el voto joven se posiciona
como un actor clave en el futuro político del país. Esta nueva generación
—mayoritariamente integrada por centennials— no solo representa una fuerza
electoral numérica significativa, sino también un grupo con intereses,
preocupaciones y formas de informarse muy distintas a las de generaciones
anteriores. Lejos de definirse por una postura ideológica firme, la juventud
peruana se caracteriza por la desconfianza hacia los partidos tradicionales, el
desencanto con la democracia actual y una constante búsqueda de información que
les permita decidir sin sentirse manipulados.
Este panorama se presenta como un reto para los partidos políticos. La mayoría de jóvenes encuestados declara no tener interés profundo por la política, pero sí manifiesta emociones intensas frente al proceso electoral: ansiedad, frustración e incluso miedo a equivocarse. Esta emocionalidad política, nacida de un contexto de corrupción reiterada y de figuras públicas desacreditadas, exige campañas con un enfoque auténtico, empático y con propuestas claras. Si bien existen simpatías hacia figuras como Rafael López Aliaga o Martín Vizcarra, no se trata de adhesiones firmes, sino más bien de exploraciones abiertas en un mar de incertidumbre electoral.
En ese sentido, las redes sociales se perfilan como un campo fundamental para conectar con este electorado joven. Sin embargo, especialistas advierten que un “like” no se traduce en un voto y que, aunque el impacto digital es innegable, debe complementarse con propuestas sólidas y una presencia coherente en medios tradicionales. La campaña de 2026 no podrá prescindir de TikTok, Instagram o WhatsApp, pero tampoco deberá olvidar que la juventud demanda más que estética: exige contenido, compromiso y transparencia. Sin una narrativa genuina que los interpela, los jóvenes seguirán mirando la política desde la distancia.
El Estado y las instituciones también tienen un papel esencial. Iniciativas como permitir el voto facultativo desde los 17 años podrían convertirse en herramientas de formación ciudadana precoz, preparando a futuras generaciones a ejercer su derecho con mayor conciencia. Sin embargo, más allá de habilitar el sufragio, el verdadero cambio pasará por construir una cultura política que valore la participación joven no como una moda o estrategia de campaña, sino como una expresión legítima de ciudadanía activa y transformadora. Porque, al final, el país que se construya después del 2026 también será el país que estos jóvenes heredarán.