La libertad de prensa no es un adorno democrático ni una concesión de las autoridades: es una garantía básica para que la ciudadanía pueda conocer, cuestionar y fiscalizar lo que ocurre en su propio entorno. Por eso, lo ocurrido en Villa El Salvador durante la cobertura de la Audiencia Pública de Rendición de Cuentas 2026 no puede minimizarse como un simple incidente. Cuando un equipo periodístico encuentra obstáculos para realizar su trabajo en un espacio de interés público, se enciende una alerta sobre el respeto real a la prensa y, con ello, sobre la salud de nuestra democracia.
Las opiniones recogidas entre los vecinos reflejan una preocupación extendida y legítima. Mientras algunos consideran que aún existe libertad para informar, otros perciben que esta se ejerce de manera desigual, con limitaciones, favoritismos o presiones que dependen del poder de turno. Esa percepción ciudadana no debe ser ignorada, porque la confianza en la prensa y en las instituciones también se debilita cuando se impide el acceso a la información o cuando se pretende decidir qué voces pueden hablar y cuáles deben callar.
El caso registrado en los exteriores del Palacio de la Juventud, donde se habría impedido la cobertura de un medio digital, obliga a reflexionar con seriedad sobre los límites del poder institucional. Asimismo, un periodista debe estar debidamente acreditado para ejercer sus funciones y, una vez cumplido ese requisito, su labor no debería ser restringida sin una justificación clara, no estamos frente a una simple descoordinación, sino ante una posible vulneración del derecho a informar. Y cuando se restringe la labor periodística, no solo pierde el comunicador: pierde toda la ciudadanía que tiene derecho a conocer la verdad.
Por eso, más que negar el problema, corresponde corregirlo. Las autoridades deben garantizar condiciones de acceso, transparencia y respeto hacia la prensa, especialmente en actividades públicas donde predomina el interés ciudadano. Defender la libertad de prensa implica aceptar la fiscalización, la crítica y la mirada independiente de los medios. Sin esa vigilancia, la rendición de cuentas se vacía de contenido y la democracia queda reducida a un acto formal, sin verdadera participación ni control social.